29 enero 2012

Huella.

Mis pies juegan sobe la arena mojada, dibujando una huella desgarrada. 
La Tierra lanza un alarido que sólo el mar escucha.
-Si me das unos granos de arena puedo borrar tu herida.
-¿No tienes bastante arena en tu fondo?- pregunta la Tierra, orgullosa.
-¿No tienes bastantes cicatrices?- responde el mar, lamiendo mi jugarreta.

20 abril 2011

Algunos micro relatos.

Piedra.
Y de vez en cuando sacaba su piedra favorita para volver a tropezar con ella.

Acuerdo.
-No te confundas, esto es sexo sin amor- dijo él.
-Estás equivocado, es amor sin sexo- respondió ella.
Y cada uno se alejó con el inmenso vacío de haber rechazado lo que más le apetecía. 

Final.
Le dije: "olvídame" y cerré la puerta. 
Contestó: "me recordarás" y hasta hoy sigo oyendo sus pasos.

La Mosca.
Una y otra vez la mosca embiste contra el cristal, nada puede hacer que deje de intentarlo. Como yo cuando te busco, pensando que algún día ese muro invisible se habrá esfumado. Una y otra vez.


Emergencia.
Se nos acaba el combustible ¿Hay por aquí cerca otro planeta al que podamos destripar?

Anuncio.
Se busca urgentemente un hombre que no padezca de amnesia postcoital.  

Suicidio.
Solía pensar en el suicidio. Lo hacía todas las mañanas, a la misma hora, cada vez que su vecina volvía a poner el disco de Julio Iglesias.

Desconocido.
Nunca le había visto, ni siquiera de lejos. No conocía su nombre, ni el olor de su pelo, ni el color de su voz. Por eso no se explicaba cómo podía echarlo tanto de menos.

Mirada.
¿Por qué me miras así? te advertí que si volvías a hacerlo te mataría ¿no podías morirte con los ojos cerrados?

Mensaje.
He recibido un mensaje. Venía en una botella. Al abrirla, me invadieron emociones antiguas. Mi mente fue transportada por aquel aroma a tierras lejanas. Como bajo el efecto de un beso, mis labios saborearon la última gota de aquel rioja. Lástima que quedara sólo una gota.

Indice.


Los cinco deditos de su minúscula mano se aferran al dedo índice de su padre, robusto y firme, como cada vez que busca protección. Desde que aprendió a caminar, ese dedo es para la pequeña el lugar más seguro del mundo. Cada vez que pierde el equilibrio él está allí, a su alcance, listo para darle estabilidad y amparo. La uña perfectamente recortada, el nudillo protuberante y áspero, los pelos negros y revueltos de la segunda falange. No podría confundirlo con ningún otro dedo. Los gritos de su madre no consiguen despojarla de su estado. El chasquido de la guillotina fue certero, limpio, imprevisible y anticipado. El dedo índice llegó rodando justo hasta sus zapatitos de charol. Aunque intuye que hay algo anormal, ella lo empuña y lo alza como si fuera un trofeo.

Dormir.

Hace días que no puedo parar de dormir. A veces despierto convencido de haber descansado suficiente, pero sólo de pensar todo lo que podría hacer, mi cuerpo da media vuelta pidiéndome cinco minutos más. Nada más cerrar los ojos, comienzan a desfilar por mi mente personajes del mundo onírico que estaban acechando para atraparme.
Siempre deseé tener tiempo libre para hacer un viaje. Incluso tengo dinero ahorrado, pero me parece muy agotador. Tal vez un crucero por el Mediterráneo: islas griegas… sur de Italia...  Me veo tomando sol, en la cubierta de un gran barco, o tal vez un velero. Me asomo por la borda y veo a una sirena, me llama coqueta, emergiendo entre las olas. Entonces sé que otra vez he sido seducido y me entrego complaciente a las redes de Morfeo.

Zapatos nuevos.

Es cierto que quería dejar de ser invisible para ti. Por eso se me ocurrió comprar estos zapatos. Pensé que, si una mañana tu mirada los encontraba cuando subieras al autobús, la curiosidad te llevaría hasta mi rostro y por fin sabrías que existo. Es cierto, quería que me vieras, pero no de ese modo. Ahora desearía ser invisible otra vez, para evitar tu risa burlona y los cuchicheos con tu amiga. Ya no quiero zapatos de payaso. Si los tiro por la ventana, todo habrá terminado.  Pero ahora te ríes de mis pies descalzos. No lo soporto, quiero desaparecer. No esperaré hasta la próxima parada.  Si logro abrir la ventana un poco más, tal como lancé los zapatos puedo… ¡lanzarme yooooo!

La gata y la copa.

Roja la copa, rueda. Rueda en la mesa, rota. Roja la mesa, rota la copa. Ruge la gata, cruje la mesa harta de años, llena de gotas. La gata gruñe, salta y planea sobre la mancha, restos de vino color picota. Rueda la copa, cae y se estrella contra el tapete ajado. Lame la gata la dulce gota que cae sobre la copa. Redonda y áspera, roja la gota, rota la copa, raja la lengua de la fisgona gata. Roja la lengua, suave la gata, grata la gota que la emborracha. Limpia la copa, limpia la mesa, se vuelve dócil la gata huraña. Dulce y sumisa, la lengua herida, se duerme y sueña una copa roja que rueda y rueda. Dentro el rioja, huele a tostado y a caramelo. La gata vuela sin alcanzar el manjar preciado que huye dentro del cristal fino, gira que gira, rota que rota.

Demasiado tarde.

Hacía tres meses y medio que esperaba la lluvia. Mientras más ansioso aguardaba, parecía que más se empeñaba en teñirse todo de marrón. Las nubes pasaban incólumes, frescas, como cometas a la deriva, sin la menor intención de convertirse en chaparrón. Al principio regaba como podía, cargando agua desde el pozo, hasta que temí que éste, igual que el cielo, terminara por secarse.
Lo primero en perderse fueron los melones. Cuando supe que no habría agua suficiente, los arranqué de raíz. Así aprovecharía mejor la poca que lograra conseguir. Por las noches me pasaba horas mirando a las estrellas, pidiéndoles que me enviaran alguna señal. Pensé que si veía una estrella fugaz, me indicaría la dirección en que podría encontrar agua. Pero nada en el cielo se movía. Y en la tierra, hasta los sapos dejaron de cantar.
Una noche encendí un cigarro mientras miraba al cielo. No solía fumar, pero la ansiedad me hacía actuar de forma extraña. Caminé entre los pimientos, palpando los frutos raquíticos y las hojas que se deshacían al apenas rozarlas. Seguí caminando hasta el final de la huerta, atravesé la alambrada y caminé aún más, acercándome a la luna que emergía redonda y ámbar. No sé cuánto anduve antes de darme cuenta que aún llevaba el cigarro en la mano, apagado. Al mirarlo con la luz de la cerilla que acababa de encender, observé que la brasa del tabaco había caído entera. Entonces sentí un vacío en el estómago, una corazonada incierta, y apresuré la marcha dando media vuelta. Fue al llegar a lo alto de la colina cuando tuve la evidencia, aquella luz anaranjada que se extendía por todo el maizal, como un reptil tras su presa, y luego trepaba por el viejo roble iluminando hasta las colinas del sur. Corrí hasta la cabaña, cruzando la huerta en llamas, sabiendo que ni toda el agua que pudiera dar el pozo sería suficiente para apaciguar el incendio. Me concentré en eliminar el pastizal que rodeaba la cabaña, consciente de que era lo único que merecía la pena salvar. Pasé toda la noche luchando contra el dragón que yo mismo había engendrado. Machete en mano, cortando todo lo que aún pudiera ser vulnerable. Cuando amaneció, el fuego comenzaba a extinguirse. La luz del sol reveló un escenario teñido de negro, humeante aún, donde, como peces, de vez en cuando brillaban pequeños focos incansables, raíces tal vez que no acababan de consumirse. Todos mis esfuerzos de meses por salvar la cosecha, después de una sola noche no valían para nada. Todo era ramas secas convertidas en ceniza. Me senté en el porche, rendido, y quedé inconsciente de puro cansancio. Me despertó el primer trueno, al que siguió un destello y otro trueno. Entonces vi que el cielo se había vuelto una densa manta gris, que rápidamente empezó a deshacerse para dar vida al más intenso aguacero que he visto caer sobre estas tierras.